sábado, 26 de junio de 2021

Mi vida en un vuelo

Los aviones me gustan desde que era niño. El aeropuerto quedaba cerca de la casa de mis padres. Me sentaba en la puerta y los veía cruzar el cielo. Pasaba tanto tiempo mirándolos que sabía los horarios de muchos de ellos. Pero lo que más me gustaba era que mi padre me llevara cerca de las pistas a ver los despegues y aterrizajes. Podía pasarme horas allí parado. Mi padre era paciente y sonreía al ver lo feliz que me hacían esas visitas. Una vez me subí a uno.

Tengo 62 años, así que eso ocurrió en un tiempo en el que pocas personas podían permitirse un billete de avión. Mis padres tenían un amigo que trabajaba en el aeropuerto. Un día nos hizo un bonito regalo a varios niños de familias amigas: una visita “guiada” a un avión que acababa de aterrizar. Las limpiadoras se afanaban para dejarlo listo antes del siguiente vuelo y el comandante seguía a bordo. Fue muy simpático con nosotros que lo mirábamos todo con asombro. Encendió las luces de los paneles, nos contó para qué servían algunos de aquellos mandos y nos dejó sentarnos, por turnos, en los asientos del piloto y el copiloto. Para mí aquel fue uno de los días más bonitos de la infancia. Lo recuerdo con tanta nitidez como si hubiese ocurrido hace un par de años.

Luego, durante la dictadura, los aviones se convirtieron en los protagonistas de los “vuelos de la muerte”. No dije que soy argentino. Se llevaron a nuestros vecinos, un matrimonio joven. Nunca volví a saber de ellos. Ella estaba embarazada. No sé que fue de aquella criatura. Durante cuatro meses la casa quedó vacía, después otras personas la ocuparon. Jamás hablamos de aquello. Tres años más tarde yo me cambié de barrio. Algunas noches aún me despierto aterrorizado. A pesar de ser consciente de que los aparatos y la ciencia de la aviación no tenían responsabilidad alguna en los actos de los asesinos, durante mucho tiempo tuve sentimientos encontrados acerca de mi afición.

La posibilidad de acceder a estudios relacionados con la aviación estaba vetada para mí. Eran muy caros. Aún miro pasar aviones siempre que puedo, aunque ahora con más conocimientos: tengo libros sobre mecánica, aerodinámica y aviación; veo películas y documentales sobre el tema; en fin, sigue siendo mi gran pasión, así que la disfruto y le dedico la mayor parte de mi tiempo libre. Por si se lo preguntaban, sí, ya he subido a un avión, muchas veces; ahora los vuelos resultan mucho más asequibles y es la mejor forma de cubrir las grandes distancias de un país como el mío.

Sin embargo, hoy miro a uno muy concreto que se aleja. En él va mi hija. Su madre y yo acabamos de pasar por un proceso de divorcio largo y penoso, en el que quedo como único culpable. Me enfadé, grité, le pedí explicaciones por esta distancia que solo me parece un castigo. Con mi hija no he sabido hablar y ella ha escogido bando. Ve el enfado de su madre y lo reproduce. La adolescencia es una época difícil, ya no es una niña, pero tampoco una adulta. Se van a vivir a cuatrocientos kilómetros de mí. Nuestra última conversación fue hace una hora, en el aeropuerto, antes de cruzar la puerta de embarque. Prometí llamarla a menudo e ir a visitarla cuando pueda. Asintió con la cabeza, pero mantuvo el gesto adusto. No pude ir más allá. El avión despegó y no dejo de mirarlo. Mis lágrimas empañan los prismáticos mientras escudriño cada parte del aparato para convertirlo en algo propio, más familiar, ya que se lleva un trocito de mí que no sé si recuperaré algún día. Ahora tengo un reto que cumplir: ser, en la distancia, el padre que no supe ser en la cercanía.

Lucía Medina Navarro

octubre 2020



martes, 13 de abril de 2021

UN TRABAJO DIVERTIDO

 El suelo era un damero. Las paredes habían perdido el tono rosa pastel original, que ahora aparecía desigual y sucio en algunas zonas. No había mesas. Una fila de sillas alineadas en uno de los lados permitían descansar a los clientes entre baile y baile. Un surco negro y desconchado marcaba en la pared la altura de las sillas y el tiempo que pasaba por aquella sala como por la vida de los que allí nos encontrábamos una noche tras otra. La barra, al entrar a la derecha, sostenía a varios sujetos pegados a un vaso de tubo que, con la espalda apoyada, observaban a las parejas que bailaban.

Mi cliente, en ese momento, era un tipo gris. Era de mi altura, moreno, con un pequeño bigote que parecía querer negar cierta calvicie escondida bajo unos cabellos largos cuidadosamente colocados cubriendo la parte superior de la cabeza de un lado a otro. No me había dado cuenta de que me hablaba.

¿Me escuchas? Decía que vaya trabajo divertido el tuyo. Siempre entre música.

Podría enseñarte los callos de mis pies. Pero, claro, no lo haré.

Le dediqué una sonrisa mientras asentía levemente con la cabeza. Sonaba un bolero tranquilo, uno de los que más me gustaban.

Sí, la música era lo mejor de aquel trabajo, en el que bailaba sin descanso durante horas, por unas monedas, con desconocidos solitarios que, de paso, ahogaban en mí sus frustraciones. Ella me acompañaba, a veces calmaba mi ánimo y otras me empujaba, en esos momentos de desmayo que volvían cada vez más a menudo.

No te imaginas lo terrible que es trabajar en una oficina. Todos los días iguales y, encima, aguantar a un jefe plasta. La verdad es que vengo aquí a relajarme. Me encanta la música y disfruto con el baile.

De plastas y de días iguales sé un rato largo, pero tampoco te lo contaré.

Y no creas que el sueldo compensa. Para nada. Pero, en fin, es lo que hay.

Sonreí de nuevo y me encogí de hombros. La canción acababa. Me enseñó otra moneda, quería repetir baile.

¡Ánimo! Tocaba un vals. Esa noche mis pies se agotarían y, quizás, mañana, mi hijita y yo podríamos hacer tres comidas. No siempre era así.


Lucía Medina Navarro

2020

viernes, 9 de abril de 2021

LA ÚLTIMA REDADA

   

Pedro sentía pasión por el cine. No tenía otros hobbys. Trabajaba de contable en una pequeña empresa como tantas otras. Los números siempre se le habían dado bien y en su elección de estudios influyó la búsqueda de un título rápido, que no le costara mucho esfuerzo y le diera una salida relativamente fácil al mercado laboral. Pero el trabajo era para él meramente alimentario. Todo su tiempo libre lo dedicaba a ver películas, leer sobre el tema y hacer sus pequeñas producciones, aunque siempre como aficionado. Tenía una web a la que subía sus vídeos, opiniones y recomendaciones, y compartía en las redes su pasión con varios cientos de personas.

La aburrida infancia de Pedro, el raro del pueblo que no participaba en los juegos habituales de otros niños a los que les gustaba subir a los árboles, matar pájaros con tirachinas o torturar a ranas o lagartijas, cambió el día que se inauguró el cine. A él no le gustaban esos juegos. Era introvertido, prefería leer o que le contaran una buena historia. Por eso el cine fue un descubrimiento. Era una sala de paredes desconchadas, con una sábana blanca sujeta a la pared y viejas sillas que intentaban seguir líneas rectas. Una aplicada limpiadora las recolocaba tras cada pase, después de barrer los restos de cáscaras de nueces de las que los niños se proveían en los nogales que abundaban en el pueblo. Había un solo pase semanal, que se anunciaba mediante un cartel en la puerta de la sala. No daba mucha información, pero a Pedro le daba igual, no se perdía una película, el cine fue el segundo descubrimiento más importante de su adolescencia. El primero fue el despertar de su deseo sexual. Y de esto también hablaban las películas.

Ya de adulto, su afición se vio coartada por la difícil accesibilidad a ciertas cintas que no se distribuían por los canales habituales de las grandes productoras y distribuidoras. Además había otro problema: en su país estaban prohibidas las películas en las que apareciesen secuencias consideradas pornográficas o “contra las buenas costumbres”, frase que servía de saco para todo lo que el gobierno decidiera meter en él. O bien censuraban esas imágenes, o simplemente no se proyectaban en cines. Las películas prohibidas se conseguían en internet y se compartían en un pequeño grupo cerrado dentro de la red, pero echaba de menos verlas en pantalla grande. No era la pornografía lo que le atraía. Se rebelaba contra la falta de libertad que le impedía ver cualquier película sin cortes ni prohibiciones. Por eso, de vez en cuando, se arriesgaba a ir a aquella sala de cine que hacía pases a puerta cerrada. Se trataba de un cine clásico, que trabajaba en la forma habitual, con películas infantiles por las tardes y filmes comerciales después. Sus puertas se cerraban invariablemente a las once de la noche. Nada indicaba la actividad nocturna dirigida a ese grupo selecto de espectadores.

Para Pedro la experiencia mezclaba miedo y excitación. No podía explicar lo que lo impulsaba a exponerse a una multa, o quizás a algo peor, pero tampoco se lo preguntaba demasiado, era su derecho y su forma de reivindicarlo, era su pasión y su forma de disfrutarla. Si lo habitual en su indumentaria era el color, cuando iba a aquellas sesiones vestía invariablemente de negro y se calaba una gorra. Daba una vuelta por los alrededores y después entraba a paso rápido mientras miraba hacia todos lados con disimulo. Al salir tenía las mismas precauciones y caminaba a paso rápido hasta alejarse de la zona. Todos los que acudían conocían el riesgo, así que las precauciones nunca estaban de más. Podrían ser detenidos y afrontar una multa o incluso penas de cárcel en caso de delito recurrente. Pero era su lucha particular, por la libertad y por una afición que era mucho más que eso. Pedro admitía que el cine se había convertido, desde ese primer descubrimiento infantil, en una de las cosas más importantes de su vida.

La primera vez que acudió a esa sala, se enteró por un amigo de la red. Nadie se atrevía a comentarlo a personas que no fuesen de su confianza. Las proyecciones se hacían en horarios en los que el cine estaba aparentemente cerrado. Ese día empezó a la una de la madrugada. Pedro miró a su alrededor y contó veinte personas además de él. Lo habitual. Con tantas precauciones la asistencia nunca era muy numerosa. La cifra más alta que recordaba era de treinta asistentes. Como le ocurría siempre, los nervios de la entrada desaparecían en cuanto las luces se apagaban y empezaba la película. Su amor por el cine resultaba palpable en ese bálsamo que lo envolvía y le hacía olvidar la aridez de la normalidad, la rutina del día a día.

Todo iba como de costumbre, no se adivinaban problemas. Nadie sabía que un policía se había infiltrado hacía meses en el grupo que compartía esta información. Lo extraño fue que la redada no se produjo hasta finalizada la película. Dejaron que la disfrutaran sin interrupciones.

Pasaban de las doce de la noche, así que ya era 28 de diciembre, Día de los Inocentes. La mañana anterior se había aprobado la nueva ley que permitía la producción, emisión, publicidad y visionado, tanto público como privado, de pornografía. El cuerpo de policía de la Comisaría Nº 3, a la que correspondía la calle Andrés Mellado, donde se encontraba la sala de cine, decidió dedicar su particular broma del día de los inocentes a esta nueva ley tan esperada por muchos, entre ellos los propios policías. El susto de los detenidos duró la media hora que tardaron en salir hacia el furgón policial y llegar a la comisaría. Allí les sorprendió el estallido...

...de la apertura de varias botellas de champán con las que los recibieron los policías, a golpe de risas y palmadas en la espalda. Cualquiera pensaría que el Cuerpo, al completo, estaba en contra de la ley. Siempre les habían demostrado un pundonor a la hora de exigir su cumplimiento, que ahora quedaba sospechosamente en entredicho. A la mayoría de los “detenidos” le costó un buen rato creerse lo que veía y se fueron a sus casas rumiando la dudosa intención de aquella broma para pasar página.

Lucía Medina

octubre 2020


sábado, 7 de noviembre de 2020

SILENCIO ADMINISTRATIVO


“Silencio administrativo. La pobreza en el laberinto burocrático” de Sara Mesa: un pequeño gran libro con una mezcla perfecta de realidad y humanidad.

Hai quien diría que ambos términos van unidos pero, por desgracia, cada vez es más habitual que la realidad tenga un alto grado de inhumanidad.

Sara Mesa relata esa realidad terrible de la burocracia administrativa que se enreda en un círculo vicioso contra las personas que el sistema desecha. Pero lo hace desde el cuidado y el cariño, a través de una de tantas situaciones terribles, personalizada con concreción, sin caer en la lágrima fácil ni la condescendencia.

La autora pone al lector en la situación ineludible de reflexionar sobre actitudes extendidas y normalizadas que rozan la aporofobia o directamente la alimentan.


“...el 2,6% de la población española está en riesgo de pobreza y exclusión. De ellos, el 5,1% (más de 2,3 millones de personas) padece pobreza severa...

...31.000 personas no tienen hogar, el mayor estado de vulnerabilidad y desprotección posible... Cáritas Española eleva el número a 40.000...

...aporofobia, odio a los pobres... para resolver cualquier problema el primer paso es designarlo.

...ya estuvo en los servicios sociales del ayuntamiento y le dijeron que no podían atenderla al no estar empadronada... no tiene derecho a la renta mínima si no acredita su extrema pobreza. Pero aquellos que, según la norma, deben acreditarla, tienen otra norma que los incapacita para hacerlo... la procedencia del padrón queda supeditada a un informa de los servicios sociales o de la policía local donde se acredite la situación de “sinhogarismo”. Así, se vuelve al mismo sitio de partida.

...A lo largo de su vida, Beatriz ha tenido que enfrentarse a muchos papeleos... Nada, nunca, le produjo mayor sensación de precariedad −de estar cometiendo errores− que la solicitud de renta mínima, pues nadie las ha ayudado en la tramitación ni ha resuelto sus dudas, a pesar de que las indicaciones al respecto eran confusas e incluso contradictorias.

...”silencio administrativo”, un silencio de tipo negativo: “Transcurrido el plazo para resolver sin haberse dictado resolución expresa, la solicitud podrá entenderse desestimada.”

...Sobre ayudas autonómicas o estatales la trabajadora social no dice nada, hasta que Carmen pregunta por la renta mínima... ¿No se suponía que los servicios sociales comunitarios colaboraban en la tramitación?... Tampoco cuando negaron asistencia a Carmen por no estar empadronada le informaron de que podía regular su situación incluso sin contar con domicilio. ...hay muchas cosas que le cuesta entender. Por ejemplo, que el ayuntamiento se quede sin fondos para la llamada ayuda “de emergencia”. O la tardanza en las citas incluso en casos de urgencia. La desinformación de algunos asistentes. El incumplimiento de funciones esenciales.

...Pero el laberinto burocrático no es un ente abstracto. Es una maquinaria compuesta por personas con nombres y apellidos reglada por normas y costumbres que imponen personas con nombres y apellidos. ...los expedientes con los que trabajan... tienen que ver también con personas que no siempre pueden defender sus derechos.

...Durante la espera, Carmen ha pedido crédit.os rápidos a empresas sin escrúpulos que ahora se los van a cobrar bien caros... Tener dinero le servirá principalmente para pagar las deudas que ha ido acumulando. Desde luego, no para vivir con dignidad.

La administración, aunque tarde, siente que ha cumplido, y se lava ahora las manos. ...De nada sirven las soluciones parciales cuando, en la mayoría de los casos, las personas sin hogar tienen otras carencias... El plan de inclusión sociolaboral que acompaña a la percepción de la renta no se concreta en nada.

...Además, dentro de pocos meses la renta concedida se extinguirá, pues su duración es solo de un año. Puede solicitar la renovación para seis meses más, aunque debe hacerlo en el plazo de tres meses antes de que se extinga.

Hasta esto es retorcido. A una persona que le acaban de conceder la renta lo último que se le ocurre es que ya debe solicitar la renovación, empezar a mover papeles de nuevo.

...la rueda del hámster, danto vueltas sobre sí misma para nada...”

viernes, 22 de julio de 2016

AS CONTRADAS DE SIENA: UN SISTEMA MEDIEVAL VIVO


(EN CASTELLANO MÁS ABAJO)

Fai pouco estiven en Siena, na sempre recomendable Toscana italiana.
Non caerei no fácil loando arte, arquitectura e paisaxe ...ou sí, porque neste caso o obvio é certo, merece moito a pena...

Pero o que quero contar aquí é algo diferente, quizáis igualmente coñecido pero non por iso menos notable.
Trátase do funcionamento das Contradas. A verba “contrada” nomea a un conxunto de stradas (rúas) que constituen un barrio. Cada unha identifícase cun animal e unha bandeira, pero sobre todo co arraigo dos seus veciños e veciñas que teñen un forte sentimento de pertenza ao grupo.
Trátase dun sistema medieval que existía en todas as cidades e que se foi perdendo, pero mantívose en Siena, quen sabe por qué afortunada casualidade, extendéndose por toda a cidade vella.
Cada contrada ten o seu propio goberno formado por uns administradores elixidos democraticamente, para un periodo concreto, entre os cidadáns e cidadás do barrio, coa salvedade de que cada persoa só pode exercer ese cargo unha vez.
O patrimonio da contrada susceptible de ser administrado consiste en propiedades, diñeiro ou outros bens que os propios veciños doan con ese fin e que nalgúns casos, como os inmobles, poden á súa vez xerar rendas.
Este patrimonio adminístrase para o ben común, cubrindo necesidades comunitarias para o barrio, como parques para os nenos e nenas, lugares de reunión ou esparcemento para a xente maior, ou o centro no que se organiza a festa propia de cada contrada co correspondente santuario para o seu patrón ou patrona. Do mesmo xeito realízanse apoios puntuais cando un veciño ou veciña os necesita: por exemplo, no caso dun desafiuzamento por problemas económicos poden ceder unha vivenda temporalmente e asumir unha axuda económica de urxencia mentres non actúan os servizos sociais do concello.

No resto de cidades de orixe medieval nas que a presión turística encareceu o nivel de vida no centro histórico, como Venecia, Florencia e moitas outras, os veciños que tradicionalmente viñan residindo nesas zonas foron pouco a pouco movéndose ás aforas das cidades, a zonas máis baratas ou con maiores facilidades para a vida cotiá (xentrificación). En Siena, pola contra, o sistema das contradas fai que a xente teña ventaxas evidentes ademais dunha corresponsabilidade no ben común (os veciños dunha contrada non consentirían que as demais tiveran un bonito parque onde xogan os nenos e nenas e na súa non poideran disfrutalo do mesmo xeito), polo que as mesmas persoas que naceron no barrio durante xeracións seguen a vivir nas mesmas casas dos seus antepasados e síntense orgullosos de contribuir a conservar un sistema de apoio solidario que a todos beneficia.


Todas as contradas de Siena participan, cun cabalo ao que cuida a propia xente do barrio e un xinete profesional contratado ao efecto, no Palco, a carrera de cabalos de orixe medieval máis famosa do mundo, que se desenvolve na praza central da cidade e na que o único que se gaña é a honra de ser a contrada vencedora dese ano.

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Hace poco estuve en Siena, en la siempre recomendable Toscana italiana.
No caeré en lo fácil loando arte, arquitectura y paisaje ...o sí, porque en este caso lo obvio es cierto, merece mucho la pena...
Pero lo que quiero contar aquí es algo diferente, quizás igualmente conocido pero no por eso menos notable.
Se trata del funcionamento de las Contradas. La palabra “contrada” nombra a un conjunto de stradas (calles) que constituyen un barrio. Cada una se identifíca con un animal y una bandera, pero sobre todo con el arraigo de sus vecinos y vecinas que tienen un fuerte sentimiento de pertenencia al grupo.
Se trata de un sistema medieval que existía en todas las ciudades y que se fue perdiendo, pero se mantuvo en Siena, quien sabe por qué afortunada casualidad, extendiéndose por toda la ciudad vieja.
Cada contrada tiene su propio gobierno formado por unos administradores elegidos democráticamente, para un periodo concreto, entre los ciudadanos y ciudadanas del barrio, con la salvedad de que cada persona solo puede ejercer ese cargo una vez.
El patrimonio de la contrada susceptible de ser administrado consiste en propiedades, dinero u otros bienes que los propios vecinos donan con ese fin y que en algunos casos, como los inmuebles, pueden a su vez generar rentas.
Este patrimonio se adminístra para el bien común, cubriendo necesidades comunitarias para el barrio, como parques para los niños y niñas, lugares de reunión o esparcimiento para la gente mayor, o el centro en el que se organiza la fiesta propia de cada contrada con el correspondiente santuario para su patrón o patrona. Del mismo modo se realízan apoyos puntuales cuando un vecino o vecina los necesita: por ejemplo, en el caso de un desahucio por problemas económicos pueden ceder una vivienda temporalmente y asumir una ayuda económica de urgencia mientras no actúan los servicios sociales del ayuntamiento.

En el resto de ciudades de origen medieval en las que la presión turística encareció el nivel de vida en el centro histórico, como Venecia, Florencia y muchas otras, los vecinos que tradicionalmente residían en esas zonas fueron poco a poco moviéndose al extraradio de las ciudades, a zonas más baratas o con mayores facilidades para la vida cotidiana (gentrificación). En Siena, por el contrario, el sistema de las contradas hace que la gente tenga ventajas evidentes además de una corresponsabilidad en el bien común (los vecinos de una contrada no consentirían que las demás tuvieran un bonito parque donde juegan los niños y niñas, y en la suya no pudieran disfrutarlo del mismo modo), por lo que las mismas personas que nacieron en el barrio durante generaciones siguen viviendo en las mismas casas de sus antepasados y se síenten orgullosos de contribuir a conservar un sistema de apoyo solidario que a todos beneficia.

Todas las contradas de Siena participan, con un caballo al que cuida la propia gente del barrio y un jinete profesional contratado al efecto, en el Palco, la carrera de caballos de origen medieval más famosa del mundo, que se desarrolla en la plaza central de la ciudad y en la que lo único que se gana es la honra de ser la contrada vencedora de ese año.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Todas las palabras que no me han dicho

Acabo de leer un pequeño libro, delicioso y divertido, una mezcla perfecta.
Todas las palabras que no me han dicho, de Véronique Poulain. Traducción de Noemí Sobregués.

Se resume en pocas palabras: las distintas fases por las que pasa una hija oyente de padres sordos.
No deja de sorprender el tremendo desconocimiento e incomodidad social en la que nos movemos ante una diferencia demasiado invisibilizada y la gravedad de la discriminación, no solo social sino también educativa, a la que estaban relegadas las personas sordas hace tan solo unos años.
Pero la capacidad de la autora para reirse de todo, incluída ella misma, convierte la lectura en una experiencia sencilla, divertida y muy entrañable.

“...Por la noche nunca lloro. No sirve de nada. De todas formas, no me oyen.”

“...Así, paso de una planta a la otra y de un estado al otro en un chasquido de dedos.
En el tercero, con mis abuelos, oigo y hablo. Mucho. Muy bien.
En el segundo, con mis padres, soy sorda. Me expreso con las manos.”

“Mis abuelos maternos son mis ídolos...
...Sin embargo, son estos mismos abuelos, que me quieren, los que en mis primeras relaciones sentimentales me repiten que tengo que tener cuidado, porque, con la discapacidad de mis padres, ¿quién va a querer tener un hijo conmigo?...”

“Pero ¿cómo lo haces para hablar con tus padres?
No puedo más. Estoy harta de contarlo.
Ève, más conciliadora, explica que les habla con las manos.
Pero sus compañeras no la creen y la llaman mentirosa. Así que se lo inventa.
Guy, su padre, es dibujante. Le ha hecho un maletín de minúsculas banderas de todos los colores, y para que Ève consiga que su padre la entienda, saca la que necesita... La historia circula por la escuela y pica la curiosidad de la maestra. Le pide a Ève que lleve su maletín con las banderitas para hacer una exposición en clase sobre cómo los sordos se comunican con sus hijos.
Ève, que no sabe cómo arreglárselas con su mentira, explica que hay tantas banderas que el maletín se ha convertido en un enorme baúl que no se puede transportar, pero promete volver el lunes siguiente con un dibujo que lo explique. Esa misma tarde cuenta su problema a su padre, y Guy, divertido, se pasa el fin de semana dibujando un cómic que trata de su vida cotidiana.
Cuanto más grande es la mentira, mejor se la tragan.”

“Los sordos se sienten muy cómodos con su cuerpo. Su cuerpo es su lenguaje y expresa todos sus deseos. Muy claramente.
Su relación con el sexo es instintiva, animal y sobre todo natural.
No les molesta hablar de sexo.
En este tema no hay nada de intelectual. Los gestos a que recurren, las mímicas que hacen y los movimientos corporales que los acompañan son extremadamente gráficos. Instintivos y viscerales para ellos, pero inconvenientes para nosotros.
...Su crudeza hiere a los que no son sordos porque estos gestos anodinos para los sordos son los mismos que hacemos nosotros cuando queremos ser groseros, y nos escondemos para hacerlos. Cuestión de cultura.”
“A mi madre le encanta contarme cosas de su sexualidad. Con una precisión ginecológica, casi quirúrgica. E insoportables de escuchar para mí, su hija.
...Cuando le pido que no entre en detalles: “Por favor, mamá, yo tu hija...”, ella me contesta: “Ay, no grave. ¡Sexo como vida!”.

“...¿Si tuviera que volver a vivirlo?
Los he adorado.
Los he odiado.
Los he rechazado.
Los he admirado.
Me he avergonzado.
He querido protegerlos.
Me he aburrido.
Me he sentido culpable.
Durante mucho tiempo existió el sueño del padre que habla y dice cosas.
Hoy ya no.
Hoy estoy orgullosa.
Los reivindico.
Sobre todo, les quiero.
Quiero que lo sepan.”

domingo, 25 de octubre de 2015

Recuperando a Noam Chomsky

Hai uns días recuperei un documental sobre Noam Chomsky que tiña grabado (nun VHS!) desde principios dos anos 2000.
Facía moito que non o vira pero, como supoñeredes, non ten nin unha letra que teña quedado anticuada.
Fala esencialmente do poder e a manipulación dos medios de comunicación sobre a poboación e os intereses aos que iso serve.
Deixo aquí un fragmento dunha conferencia que sae ao final do documental:

A civilización industrial moderna desenvolveuse dentro dun sistema determinado de mitos convintes. O que a impulsou foron as ganancias materiais individuais, que se aceptan como lexítimas, incluso dignas de eloxio; e a base de que os vicios privados producen beneficios públicos é a formulación clásica.
Porén, fai tempo que se entendeu moi ben que unha sociedade que está baseada neste principio, co tempo detruirase a si mesma.
Só pode persistir co sufrimento e a inxusticia que elo conleva, mentres sea posible finxir que as forzas destructivas que crean os humanos, son ilimitadas, que o mundo é un recurso ilimitado e un ilimitado cubo de lixo.
Nesta fase da historia hai dúas posibilidades. Ou ben a población xeral asumirá o control do seu propio destino e se preocupará polos intereses comunitarios guiada polos valores de solidariedade, simpatía e preocupación polos demáis, ou ben, non quedará un destino que controlar.
Mentres unha clase preparada estea en posición de autoridade, creará unha política en pro dos intereses aos que serve.
As condicións de supervivencia, máis aínda as de xustiza, requiren unha planificación social racional en interés da comunidade, e hoxe por hoxe iso significa a comunidade global.
A cuestión é se as élites privilexiadas deberían dominar a comunicación de masas, e usar este poder como nos din, en contreto impoñer as ilusións necesarias para manipular e enganar á estúpida maioría e apartala da palestra pública. A cuestión é se a democracia e a liberdade son valores que deben preservarse ou ameazas qeu deben evitarse.
Nesta posible fase final da existencia humana, a democracia e a liberdade son máis que meros valores para atesorarse, poderían ser esenciais para a supervivencia.
NOAM CHOMSKY